23.2.05

Juan Villoro



Juan Villoro ganó la última edición del premio Herralde de novela con El testigo, de reciente aparición donde logra un original entramado entre hechos del pasado político y literario de México y un presente plagado de violencia y señales de una modernidad deforme. Periodista, crítico literario, apasionado del fútbol y del rock, Juan Villoro nació en el Distrito Federal el 24 de septiembre de 1956. Un outsider que siempre está lo suficientemente adentro y afuera como para ser considerado casi una star en el universo literario local y un tipo querido en los círculos ligados al cine, al periodismo, al fútbol.

Dice:

-La crítica argentina trata con excesiva dureza a Cortázar. Para ellos, Cortázar era una especie de Salgari para adultos, un escritor de aventuras intelectuales y sensuales, pero superficiales, y que funcionaba mucho como un autor de autoayuda para los lectores jóvenes. En cierta forma, yo fui ese tipo de lector, porque para mí Cortázar fue el escritor definitivo en mi adolescencia; yo incluso consideraba que sus libros eran una especie de tribunal del idioma. Si tenía una duda sobre si escribir de una manera u otra, consultaba sus libros para copiarlos. Y además me interesaba mucho no sólo su literatura sino todo el mundo que lo rodeaba: quería enamorarme de una muchacha como la Maga, quería discos de jazz, vivir en París, o sea, quise agregarle un capítulo a Rayuela, como tanta gente de mi generación.

-En México sí, las nociones de agonía y de resistencia muchas veces son intercambiables. Tú no sabes si alguien al hacer lo que está haciendo se está suicidando o está sobreviviendo. A veces tengo la impresión de que México, más que una cultura del apocalipsis, es una cultura del post-apocalipsis. Creemos que lo peor ya pasó, y quizás ésa es una de las razones de que tanta gente viva en la Ciudad de México. O sea, todos los signos del desastre ecológico que nos rodea, más que ser el anuncio de una catástrofe que va a venir, parecen el resultado de algo terrible que ya pasó y en donde nosotros la libramos de milagro. Entonces nos sentimos satisfechos de estar del otro lado de la tragedia y de que ningún mal sea directamente para nosotros, aunque estemos viendo sus signos por todas partes. Yo creo que ése es un autoengaño necesario para vivir en una sociedad como la mexicana, evidentemente la noción de la fragilidad de la vida está presente en todo momento y la sensación de precariedad es enorme.

(Me quedan dos sensaciones: 1- Mexico no queda tan lejos, es también parte de esta hermosa y dificil Latinoamerica que nos tocó vivir, 2 - El síndrome Cromañón no pega sólo acá, es como un piano que cuelga sobre nuestras cabezas y que está siempre a punto de cortar su soga)

No hay comentarios.: